Anorexias y bulimias, enfermedades del amor
Silvia Grases
Conferencia pronunciada en La Casa Elizalde de Barcelona, en febrero de 2004
Aunque hace relativamente pocos años que la anorexia y la bulimia son conocidas por la gente de la calle, se trata en realidad de enfermedades descritas hace ya siglos. Sin embargo, y esto es algo propio de los síntomas de origen psíquico, las características de las anorexias y las bulimias sufren modificaciones en función de la época. Es decir, aunque hay una serie de rasgos que nos permiten identificar siempre como tales a la anorexia y a la bulimia, lo cierto es que sus características precisas están en relación con el momento histórico y social que vivimos.
Con estas pocas palabras, acabamos de darles dos datos fundamentales: primero, que anorexias y bulimias son síntomas psíquicos, emocionales; y segundo, que hay una relación fundamental entre anorexias y bulimias y nuestra época.
Vamos a intentar reflexionar sobre ambas cuestiones. Empecemos por la primera, anorexia y bulimia son síntomas psíquicos. Y empecemos por el principio, por la propia palabra “anorexia”. Se trata de una palabra de origen griego, y fíjense qué curioso, consta de una partícula negativa unida a la palabra “deseo”. Algo así como “sin-deseo”. La palabra anorexia indica por tanto una negación del deseo, no del hambre como habitualmente se piensa.
Simplemente esta matización ya nos ayuda a situarnos en otra dimensión: la de las enfermedades del amor. Es el título de la conferencia de hoy, “Anorexias y bulimias, enfermedades del amor”. Porque no es el apetito lo que está enfermo, porque no se trata para nada del hambre. Anorexias y bulimias son enfermedades del amor y del deseo.
Aquí debemos hacer un esfuerzo para intentar comprender mejor que se quiere decir al referirnos al deseo y al amor. Al hablar del amor, entramos en el terreno de la relación con los demás. El amor del niño por sus padres, el amor de la pareja. El ser humano se caracteriza, además de por el lenguaje, por el especial uso de las relaciones, empezando por la relación de dependencia del bebé de sus padres hasta una edad avanzada. Además, al niño sus padres se le aparecen como omnipotentes, y tienen la potestad de decidir qué se da o qué no se da, qué se hace o qué no se hace. En esta época de la infancia, en el niño prevalece el deseo de satisfacer a sus padres. En el periodo de la adolescencia, en cambio, el joven luchará por independizarse de sus padres, por buscar su propia identidad, por ir en busca de su propio deseo. Lo hace a través de las discusiones con sus padres, mostrándose en contra de sus opiniones, rechazándolos. Es una lucha con sus padres pero también contra la sociedad, las leyes, contra todo lo que oprime. Es una lucha por la separación. Pero es una separación que debe poder preservar también una relación con el deseo de los padres y con la vida en sociedad. La civilización, la cultura, implican siempre una cierta dependencia, una relación necesaria. El momento de la adolescencia es también el momento del encuentro con el otro sexo, con las dificultades y los riesgos que conlleva el sentirse amado y deseado por otro, y también rechazado y abandonado. Es, desde luego, un periodo complicado en la vida de cualquier persona.
En la experiencia de una joven anoréxica, lo es todavía más. Se encuentra ante algo que no sabe como resolver. Para separarse de los padres, ésta es la misión del adolescente, la anoréxica realiza una separación total. Para proteger su propio deseo, se niega a comer. Podríamos decir que de alguna forma, en el intento de no depender de los otros, para separarse de los padres y esquivar los riesgos de las relaciones amorosas, pasa a depender de una cosa, del ideal de cuerpo-delgado, de su relación con la comida.
Es además su “solución” para tener a raya la angustia. Las anoréxicas suelen relatar cómo sentir el estómago vacío las tranquiliza. Al mismo tiempo, la persona anoréxica busca su identidad, y le va como anillo al dedo el ideal de delgadez que la sociedad actual promueve. Naturalmente, con todo esto la anoréxica solo ha realizado una pseudo-separación, puesto que en el fondo no ha encontrado la manera de sostener su propio deseo frente a los padres, y en general, frente al mundo.
La identidad anoréxica se basa únicamente en esa identificación a la anorexia. “Soy anoréxica”, en vez de “María” o “Carmen” o “Ester”. Para fortalecer su identificación a la anorexia, dejan de lado cualquier otra posibilidad de ser. Los matices de color se pierden frente al negro de la identificación anoréxica.
Vamos a intentar explicar mejor qué es lo que ha sucedido cuando se presenta la anorexia. Se trata de una especie de maniobra que se juega sobre el cuerpo, podríamos hablar de que la joven utiliza su cuerpo como “rehén” y realiza así un chantaje sobre los otros. Hablamos naturalmente de un nivel inconsciente. Estos otros son principalmente los padres, pero también los terapeutas, los médicos, que se preocupan por su estado. Igual que para el niño sus padres y los adultos en general, son omnipotentes, la anoréxica se siente a merced de la omnipotencia de los demás. El niño depende de la omnipotencia del adulto, el niño no tiene, es el adulto el que tiene y el que, como ya decíamos antes, decide lo que da y lo que se hace. El niño empieza a manejarse con la omnipotencia de los padres, del adulto, cuando aprende el “no”. La anoréxica, que por cierto suele haber sido una niña considerada dócil y complaciente, también hace uso del “no”, a su manera. Al rechazar la comida del otro, la anoréxica rechaza al otro, intenta invertir las relaciones de fuerza, intenta volver impotente al otro, ya sean los padres o los terapeutas. En cierto modo, no come para evitar ser comida, para evitar ser invadida por la comida.
¿Qué es lo que busca la anoréxica con este juego de fuerzas, con este rechazo? Las jóvenes anoréxicas suelen quejarse de una misma cosa: han sido cuidadas con extrema solicitud, con esmero, pero lo que ellas querían era otra cosa. Sienten que la preocupación se centró en atender sus necesidades, dejando de lado la demanda de amor. De manera que esa solicitud y ese esmero, las atiborraban, las llenaban demasiado, como puede suceder con la comida, y no dejaban espacio para nada más. Hubieran preferido, por así decir, que se las dejase llorar un poco, que el adulto no se preocupase de atender sus necesidades físicas por encima de todo, que el amor se expresase de otra manera que no fuese solo extremar los cuidados. En resumidas cuentas, expresan lo que podríamos llamar la frustración de una demanda de amor.
Es por eso que para la anoréxica es tan importante plantear su lucha a nivel del cuerpo. Rechazar el cuidado del cuerpo, el alimento que atiborra, para intentar conseguir así que “esa otra cosa” perviva. El deseo.
De esta manera, la anoréxica se encuentra en una posición placentera, alejada de los demás, aislada por voluntad propia. Esta posición le produce una gran satisfacción. Satisfacción más evidente que en la bulimia, puesto que en el periodo anoréxico no parece haber sufrimiento.
Sin embargo, anorexia y bulimia son dos caras de la misma moneda, y lo más habitual es que la anorexia de paso a la bulimia, y tampoco es extraño que se alternen.
La persona bulímica se halla por tanto frente a la misma problemática, pero sucede que su forma de intentar compensar la frustración de la demanda de amor es a través del consumo infinito, de la ingestión de comida sin fin y sin orden. En el atracón bulímico la persona parece querer llenarse de todo. Este querer llenarse puede tener diferentes sentidos para cada persona afectada, y este es el motivo de que hablemos de bulimias, en plural, al igual que de anorexias. Este es un punto fundamental, con el que cerramos esta primera parte de comentarios sobre la naturaleza psíquica de estos trastornos. Siendo anorexias y bulimias síntomas de origen psíquico, las características precisas del trastorno y sus significados son personales e intransferibles para cada afectado. Y por tanto, su historia personal contiene los ingredientes esenciales que han dado lugar a estos síntomas, a partir de elementos entretejidos en la infancia y que suelen desencadenarse en la adolescencia o la juventud, o incluso después.
Leamos aquí un pasaje del libro de Fabiola De Clercq, Todo el pan del mundo:
“Comencé un ayuno total, permitiéndome solo algún vaso de agua y la típica manzana. Vomitaba cualquier otro alimento. Un mes después había perdido 12 kilos. Viendo como mi cuerpo se transformaba tan rápidamente, me inundaba una exaltación indescriptible. De repente, me sentía a gusto, feliz de vivir y llena de nuevos entusiasmos. Mi humor había cambiado y por ninguna razón hubiese pensado en abandonar la que se revelaba como la solución mágica de todos mis problemas. A través de esta metamorfosis corporal, conseguía modificar el mundo exterior.
Había tomado, sin saberlo todavía, un camino que me haría perder de vista, durante diecisiete años, las razones reales de mi malestar, y en consecuencia, me llevaría a tomar una serie de decisiones inadecuadas”.
Retomemos ahora la segunda cuestión, la que planteaba que hay una relación fundamental entre anorexias y bulimias y nuestra época. Vamos a pensar en esas características que decíamos que tenían que ver con el modelo histórico y social actual.
En primer lugar, los trastornos de la alimentación son trastornos propios de las sociedades capitalistas. No encontramos estos trastornos en otras sociedades.
Además, en los últimos años se han ido extendiendo en la sociedad, afectando a todas las capas sociales. Al mismo tiempo, la edad de inicio ha descendido, situándose en la infancia, y también se han extendido sus manifestaciones mucho más allá de la adolescencia.
Por otra parte, ha cambiado la manifestación misma del trastorno. Estamos por lo general frente a un cuadro mixto de anorexia-bulimia, que suele comenzar por un cuadro anoréxico que da paso, cada vez con mayor rapidez, al cuadro bulímico, mostrando así con claridad las dos caras de la misma moneda.
Veamos mejor la relación de los trastornos de la alimentación con el contexto histórico y social actual. Las sociedades avanzadas, que se rigen por el modelo del capitalismo, han desarrollado una especial relación con los objetos de consumo. Se trata de una exaltación del objeto de consumo, que se ofrece como un objeto ideal, como el objeto que hace falta para sentirse bien, para estar completo. En este sentido, el objeto de consumo se oferta como un objeto-tapón. Un objeto que cubre todas las carencias del ser humano. Ya puede ser un móvil, un DVD, etc.
La sociedad capitalista, con su modelo de consumo, tiene como finalidad dirigirnos hacia un objeto de consumo que nos es ofrecido como capaz de resolver las carencias humanas. La sociedad capitalista pone en marcha una espiral de oferta de objetos para el consumo que se devoran cada vez más rápidamente, vertiginosamente; en cada ocasión, se nos ofrece un nuevo objeto que ha de colmarnos. Cuando tiempo después el objeto se muestra más o menos inservible, ya se ha situado en el horizonte un nuevo objeto a consumir, presentado una vez más como “todo cuanto siempre has deseado”, y así sucesivamente. Es la ley actual del mercado.
Contra este telón de fondo de la sociedad de consumo capitalista, es fácil ver como la persona bulímica se dibuja como el paradigma del consumidor, sumergida en el circuito sin fin del “consumir y tirar”. Es en este sentido que decimos que los trastornos de la alimentación son el reflejo patológico de este modelo histórico-social.
En este modelo de sociedad capitalista, la industria de la moda ejerce una gran influencia. ¿Qué responsabilidad tiene la industria de la moda en los trastornos de la alimentación? Indudablemente, la moda sostiene un ideal estético de delgadez que ejerce una intensa presión social. Sin embargo hay que tener en cuenta que este ideal estético es vigente para todos, como ideal compartido por todos los miembros de una misma sociedad.
¿Qué queremos decir? Que quien más quien menos, todo el mundo se compara con ese ideal, y aspira a él. Es decir, puestos a elegir, todos preferimos estar delgados. Sin embargo, este ideal que favorece la moda no causa la psicopatología, no justifica el trastorno alimentario. Si éste pudiera reconducirse exclusivamente a la influencia de la moda, todos los miembros de la sociedad resultarían afectados. El ideal estético de nuestra sociedad y nuestra época provoca que muchas personas se preocupen de seguir dietas; pero la anorexia y la bulimia son otra cosa.
Resumiendo y para concluir: anorexias y bulimias son síntomas psíquicos, no tienen que ver con el apetito sino con el sentimiento de frustración de una demanda de amor, son dos caras de la misma moneda y la sociedad actual, basada en el capitalismo y el consumo, las favorece, si bien sus raíces más auténticas y profundas deben buscarse en la historia de cada persona.

