¿Verdaderamente hiperactivos? Mar Pesquer

¿Verdaderamente hiperactivos?
Mar Pesquer

Conferencia pronunciada en La Casa Elizalde de Barcelona, junio de 2008

El tema que hoy nos reúne tiene como título ¿Verdaderamente hiperactivos?

Un título algo sorprendente porque nos presenta un interrogante.

Un interrogante sobre un concepto que cada día está más presente en la población infantil.

Hasta hace unos años la hipermotricidad y la falta de atención no tenían una entidad nosológica propia, sino que eran consideradas manifestaciones de un conjunto de malestares y síntomas.

En la actualidad tanto en las escuelas como en las consultas de los profesionales, pediatras, neurólogos, psiquiatras, psicólogos, se observa que muchas veces los niños vienen prediagnosticados a nivel de calle. Con la “etiqueta puesta”.

Si desglosamos la palabra Hiperactividad, tenemos:

  • Hiper como exceso
  • Actividad como facultad de obrar, prontitud en el obrar, diligencia, eficacia ….

Cuando nos referimos a un niño hiperactivo entendemos que manifiesta una inquietud excesiva.

Son niños a los que les resulta muy difícil estar quietos, que están en movimiento constante, que no se pueden centrar en una actividad, tanto sea lúdica como escolar. Son niños que no resisten ver una película, que no pueden acabar las tareas, que les cuesta aceptar las reglas de un juego… etc.

Todas estas características que engloban lo que se entiende por hiperactivo, en realidad, si nos fijamos bien, se refieren a conductas que se pueden clasificar en:

  • Conducta hipercinética, que hace referencia al movimiento.
    • movimientos constantes de manos y pies
    • dificultad para permanecer sentados
    • dificultad para estar quietos
    • no llevan a cabo actividades tranquilas
    • corretean sin parar
  • Conducta desatenta
    • No escucha cuando se le habla directamente
    • Se distrae con cualquier cosa
    • No se puede centrar en el juego
    • Pierden cosas
    • No terminan las tareas
    • Se equivocan mucho
    • Son descuidados
    • Son desorganizados
  • conducta impulsiva
    • precipitación en las respuestas
    • dificultades para guardar turno
    • interrumpir
    • interferir en las actividades de los demás

Dichas dificultades se manifiestan tanto en el entorno familiar como en el escolar.

Suele pasar que en casa se interprete la conducta del niño, con “es muy movido, no para, es su carácter, tiene mal perder, etc”.

En el día a día, estos niños agotan a los padres. Las advertencias, las amenazas, los gritos y los castigos no son un buen camino para solucionar el conflicto. En su desesperación e impotencia incluso pueden llegar a pensar en adoptar medidas drásticas. Medidas que por supuesto no son recomendables.

Pero normalmente, lo que verdaderamente impulsa a los padres a pedir ayuda, es cuando desde el centro docente parten los primeros indicios de que algo no va bien, ya que los problemas de hiperactividad, de impulsividad y de déficit de atención, interfieren en el comportamiento y en el rendimiento escolar.

Los niños con estos trastornos, acostumbran a tener dificultades en los estudios, poca capacidad de concentración, incomprensión de los estímulos externos, incapacidad de reflexión personal y social, falta de integración en el grupo y de feed-back con el entorno.

Todos los niños hiperactivos se enfrentan a un número mayor de fracasos que los niños que no lo son. Cometen más errores, les cuesta más seguir la clase, organizarse, controlar sus rabietas….

En general podemos apreciar que la manera de afrontar dichos problemas es diferente en los niños que en las niñas.

Los niños se enfrentan a la frustración, presentando problemas de conducta, desobedeciendo, enfrentándose a la autoridad, descargando la rabia de forma incontrolada….

En las niñas es más frecuente ansiedad desmedida, intentos de controlar más el fracaso dedicando más horas al estudio, comportamientos de tipo obsesivo e hipercontrolado, exagerado celo en el cumplimiento de las normas.

Este mal estar les provoca inquietud e inseguridad, son personas que se valoran poco, no se gustan físicamente, etc.

Pero también es cierto que los niños pueden tener otro tipo de conflictos que pueden manifestarse con sintomatología igual o parecida a los cuadros de hiperactividad.

  • conflictos familiares
  • mala adaptación escolar
  • falta de límites
  • cuadros depresivos

Es importante afinar el diagnóstico, ya que el tratamiento para los hiperactivos pasa por la administración de metilfenidato, que es un estimulante, bajo la forma de Rubifén, Concerta o Medikinet.

Se ingiere en forma de pastillas y su finalidad es reducir la hiperactividad, la agresividad y lograr una mejora en la atención y en la concentración, pero su efecto se manifiesta a los 15 o 30 minutos de la ingesta y con una duración de 4 o 5 horas. Es por tanto una medicación que no cura nada. Calma durante un periodo de tiempo, el suficiente para que el niño pueda controlar su desasosiego durante la jornada escolar.

La ciencia y la industria farmacéutica dan una respuesta a la situación, por medio de medicinas, que pueden acallar el síntoma, pero no solucionan el problema de base.

El metilfenidato impide la recaptación de la dopamina y la noradrenalina, con lo que ambas persisten en el espacio intersináptico, que es lo que se entiende como un aumento de las catecolaminas.

La idea que el TDAH es un problema de base constitucional, crónico, es etiquetar al niño bajo un criterio patológico en un momento evolutivo tanto físico como psicológico lo que conlleva a un cambio sustancial en su relación con el entorno.

No todos los profesionales están de acuerdo ni en el origen del trastorno, ni en la forma de diagnosticarlo. Según el modelo en que se base el profesional para llevar a cabo el diagnostico se pone el énfasis en unos aspectos u otros. Por ejemplo el manual DSM-IV abarca una franja de población infantil más amplia que el CIE-10

Respecto al origen se apuntan diferentes hipótesis, recogidas en publicaciones, pero, que hasta el momento no han podido ser comprobadas.

  • la influencia de la cantidad de plomo en el ambiente
  • el efecto de la dieta
  • la existencia de una base neurobiológica. Esta hipótesis es la que cobra más fuerza, aunque los estudios neuroanatómicos del sistema nervioso central realizados a niños hiperactivos con la técnica de la Tomografía Axial Computarizada, no aportan datos concluyentes sobre la existencia de una lesión estructural en estos niños.

No está demostrado que los niños con TDAH sean enfermos, tengan un defecto físico o una alteración biológica. Es pues importante que ante una sospecha de TDAH, el diagnóstico se lleve a cabo contemplando todos los aspectos que puedan incidir en la aparición de la sintomatología que presenta el niño.

Respecto al diagnóstico

  • basado en los criterios propuestos por la Sociedad Americana de psiquiatría DSM-IV
  • cuestionarios de Conners
    • a los padres
    • a los educadores

Según los resultados los niños quedan clasificados en dos subgrupos:

  • Los niños en los que predomina los problemas de atención
  • Los niños en los que la impulsividad y la hiperactividad motriz toman un papel relevante sobre los problemas de atención.

En la mayoría de los casos el diagnóstico queda determinado a la vista de los resultados obtenidos en las pruebas anteriormente descritas.

Se suelen completar con pruebas cognitivas, que permiten una valoración cuantitativa de su coeficiente intelectual, con pruebas gráfico perceptivas y con pruebas pedagógicas que valoren:

  • nivel de lectura, tanto automática como de comprensión
  • caligrafía
  • ortografía
  • matemático
  • hábitos de estudio

Es necesario llevar a cabo un cuidadoso diagnóstico diferencial.

Muchas veces se diagnostica un TDAH porque el niño presenta dificultades escolares y/o familiares sin tener en cuanta el contexto en el que se presenta el malestar que sufre, ni la historia que le afecta.

Factores que pueden incidir en la hiperactividad de los niños:

  • falta de límites
  • problemas en la escuela
  • problemas en el entorno familiar

Si el diagnóstico no se lleva a cabo con pericia, puede confundirse la necesidad de un niño de reclamar la atención, de pedir que le escuchen, de pedir ayuda, de demostrar en definitiva que las cosas no le van bien, con un cuadro patológico.

A veces las personas no encuentran o no saben expresar verbalmente su mal estar, no le pueden poner palabras y lo expresan a través del cuerpo, ya sea con una hipermotricidad o con somatizaciones.

En los niños la alteración de la motricidad y la falta de atención es como la campanita de alarma que nos avisa de que hay algún peligro. No escuchar esta demanda puede significar una cronificación del síntoma.

Por lo tanto hay que considerar que ante estas manifestaciones nos encontramos frente a un síntoma, no frente a un trastorno.

En función de cómo responde el entorno, familiar o escolar el mal estar del niño puede mejorar o empeorar.

No es un problema que el niño tenga que solucionar sólo, bien sea con voluntad como ayudado de medicación.

Es importante poder plantearnos la asistencia profesional a estos niños de tal forma que no se caiga en la tentación de tapar con un diagnostico, “mal diagnóstico”, la ansiedad que provoca a padres, maestros, profesionales, el movimiento incansable del niño.

La propuesta es en lugar de diagnosticar basándonos en un criterio apriorístico y determinante, acogerse a un criterio comprensivo con un espacio para la reflexión basado en el entorno familiar y social del niño.

Este criterio de valoración diagnóstica permite una intervención clínica diferente, que nos lleva a ver el malestar y el sufrimiento del niño, y de los padres y nos aleja del criterio “medicación para todos”.

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